top of page

IN OTHER WORDS – SALVATORE FREGA: Talento natural


Compositor y director de orquesta italiano, Salvatore Frega reflexiona sobre la creación musical, dirección y sensibilidad artística contemporánea.



Hay trayectorias que se construyen con el tiempo y otras que parecen nacer ya con una dirección clara. En el caso de Salvatore Frega, la música no fue una elección tardía, sino una presencia natural desde la infancia.

Pianista, compositor y director de orquesta, con una carrera internacional iniciada a una edad muy temprana, Frega ha construido su camino atravesando ciudades, teatros y culturas diversas.

Del escenario a la dirección artística, del concierto a la formación de nuevas generaciones de músicos, su recorrido está marcado por un movimiento constante —geográfico, artístico y humano.

Hoy, además de su dimensión interpretativa, dirige una de las instituciones musicales más relevantes de su área, asumiendo una responsabilidad que va más allá de la performance: transmitir una visión, formar, acompañar.

En esta conversación no queremos detenernos únicamente en la carrera o en los logros. Queremos entrar en el movimiento que sostiene todo esto: el inicio precoz, el viaje como transformación, el liderazgo como acto de transmisión y, sobre todo, la dimensión más íntima de quien continúa construyéndose a sí mismo a través de la música.

Porque detrás de cada escenario siempre hay una historia que no se ve. Y detrás de cada viaje, una reconexión.


Origen y vocación precoz


GM: Hay caminos que comienzan por elección y otros que comienzan por intuición. En tu caso, la música no fue un descubrimiento tardío, sino una presencia natural desde la infancia. A los cuatro años te acercaste por primera vez al piano. Desde entonces, el instrumento no ha sido solo una herramienta técnica, sino una forma de estar en el mundo.Cuando miras ese inicio tan precoz, ¿qué recuerdas realmente de lo que sentías frente al piano? ¿Era juego, curiosidad, necesidad… o ya había algo más profundo?


SF: Recuerdo una sensación muy clara: no era un juego, tampoco era estudio. Era reconocimiento. Como si ese sonido ya estuviera dentro de mí y el piano fuera solo el medio para hacerlo salir. A los cuatro años no tienes conciencia técnica, pero tienes instinto. Y yo sentía que ahí había un espacio donde podía existir sin mediaciones. No había ambición. Había una necesidad silenciosa.


GM: Crecer dentro de una vocación tan definida significa también crecer bajo una disciplina constante. ¿En qué momento comprendiste que aquello que había comenzado casi como algo instintivo se convertiría en una responsabilidad real?


SF: Cuando empecé a subir al escenario con continuidad. El escenario te devuelve una verdad: ya no estás tocando solo para ti, ya no estás escribiendo música solo para ti, estás sosteniendo una energía colectiva. Entendí que la música no era solo expresión personal, sino responsabilidad hacia quien escucha. Desde ahí todo cambia. La disciplina deja de ser imposición, se convierte en respeto.


GM: Cuando se empieza tan joven, el entorno también tiene un papel determinante. ¿Sientes que tu identidad se construyó alrededor de la música o que la música fue simplemente una extensión natural de quien ya eras?


SF: La música no construyó mi identidad. La reveló. Yo ya estaba orientado hacia la profundidad, la estructura, la búsqueda. La música fue el lenguaje perfecto para encarnar esa tensión. No me adapté a la música. Encontré mi código natural.




El movimiento como destino


GM: La trayectoria de un músico no se construye en un solo lugar. Se construye atravesando ciudades, teatros, culturas distintas. Cada auditorio deja una huella y cada viaje transforma algo, aunque desde fuera no siempre se vea. En tu caso, el movimiento ha sido una constante desde muy joven. No solo geográfica, sino también artística y personal. Cambiar de ciudad, de público, de energía… obliga a adaptarse continuamente. Cuando comenzaste a viajar con regularidad por la música, ¿viviste ese movimiento como una forma de libertad o como una gran responsabilidad?


SF: Al principio libertad. Luego comprendí que la verdadera libertad es saber sostener la responsabilidad del movimiento. Viajar te expone. Cada ciudad tiene una energía distinta, cada público una sensibilidad propia. Debes ser sólido por dentro, de lo contrario te dispersas. El movimiento te forma más que el éxito.


GM: Hay ciudades que inspiran, otras que exigen. Espacios donde uno se siente inmediatamente en casa y otros que obligan a estar más atento. ¿Existe un lugar —una ciudad, un teatro, un país— donde sientas que algo en ti se alinea de manera natural?


SF: Algunos teatros tienen una acústica que te abraza. Pero no es solo cuestión de sonido. Me he sentido especialmente alineado en contextos internacionales donde la escucha es atenta, profunda, casi meditativa. No es la geografía lo que cuenta. Es el nivel de presencia que percibes en la sala.


GM: El movimiento constante también puede desestabilizar. Maletas siempre listas, horarios irregulares, concentración antes de cada concierto. ¿Cómo proteges tu equilibrio cuando el ritmo se intensifica? ¿Tienes rituales, silencios o hábitos que te devuelvan al centro antes de salir al escenario?


SF: Silencio. Antes de un concierto o de una ejecución mía, reduzco las palabras al mínimo. Me aíslo también mentalmente. No es superstición. Es centrarse. El punto no es cargarse. Es vaciarse de todo lo que no es esencial.


GM: Más allá de lo profesional, hay viajes que marcan un antes y un después. ¿Ha habido algún desplazamiento —algún concierto lejos de casa— que haya supuesto un punto de inflexión en tu manera de entender la música o tu propia identidad?


SF: Sí. Los primeros grandes contextos internacionales. Cuando sales de tu zona de confort y comprendes que tu lenguaje funciona también fuera de tus referencias culturales, sucede

algo. Dejas de sentirte local. Te sientes responsable de tu sonido en el mundo.




Un compositor no produce obras, construye visiones.- Salvatore Frega


Liderazgo y transmisión


GM: Además del intérprete, está el compositor. Además del escenario, está el aula. Has asumido también la responsabilidad de guiar y formar dentro de una institución musical de gran relevancia.Componer no significa solo gestionar. Significa trazar una visión. ¿Cuál es el principio irrenunciable para ti cuando trabajas con jóvenes músicos?


SF: El principio irrenunciable para mí es este: primero se construye el pensamiento, luego se construye el sonido. Componer no es ensamblar materiales. Es tomar posición. Es decidir qué merece ser dicho y en qué forma decirlo. Cuando trabajo con jóvenes músicos los llevo inmediatamente ahí: a la raíz de la elección. Porque cada nota es una elección. Cada silencio es una elección. Y detrás de cada elección debe haber una visión, no un hábito. No me interesa que escriban “bien” según un estilo. Me interesa que comprendan por qué están escribiendo de ese modo. Si no hay conciencia, la escritura se queda en decoración. Insisto mucho en la estructura. La libertad expresiva es real solo cuando sabes gobernar la forma. Y la forma no es una jaula, es lo que hace que la idea sea transmisible.

Y luego está la responsabilidad. La música no es un desahogo privado. Es un acto público, incluso cuando nace en el silencio de una habitación. Si debo sintetizar: no formo imitadores. Formo mentes autónomas capaces de pensar la música antes incluso de escribirla. Porque lo que realmente significa es esto: un compositor no produce obras, construye visiones.


GM: Has comenzado muy joven. Conoces la exigencia, la presión, la disciplina y también la fragilidad de una vocación artística cuando aún está creciendo. ¿Qué te habría gustado recibir en tus primeros años y que hoy intentas transmitir a tus alumnos?


SF: Una guía que no impusiera, sino que orientara. La presión te hace crecer, pero la visión te hace evolucionar. A mis estudiantes intento darles herramientas mentales antes que musicales. Porque la carrera es larga, y la solidez interior marca la diferencia.


GM: Cuando observas a las nuevas generaciones, con su forma distinta de vivir la música y el mundo, ¿qué te enseñan ellas a ti?


SF: Inmediatez. Tienen menos miedo a exponerse. Me recuerdan que la música no es solo perfección formal, sino comunicación directa. Cada generación tiene algo que la otra corre el riesgo de olvidar.


El movimiento te forma más que el éxito.- Salvatore Frega

El viaje como reconexión


GM: Hemos hablado del movimiento como carrera, como agenda, como escenario. Pero viajar no siempre significa desplazarse para actuar. A veces es una forma de reconexión. Cuando no viajas por compromiso profesional, sino por elección, ¿qué buscas realmente en un destino?


SF: Espacios no saturados. Busco lugares donde el tiempo se dilate. Donde pueda observar sin tener que performar. No busco atracciones. Busco silencio habitable.


GM: Más allá de los teatros y auditorios, hay ciudades que transforman en silencio. Lugares que devuelven una parte más íntima. ¿Qué destino ha sido testigo de un Salvatore distinto? ¿Un lugar donde sentiste que algo en ti cambiaba de manera silenciosa pero profunda?


SF: Hay ciudades que no te piden nada. Y ahí emerge una parte más íntima. En esos momentos no eres pianista, compositor o director. Eres solo presencia. Y es en esa dimensión donde a menudo nacen las ideas más auténticas.


GM: Cuando viajas lejos del escenario y de las expectativas, ¿cómo te relacionas con el entorno? ¿Observas, te mezclas, te retiras… o sigues siendo inevitablemente músico incluso en el anonimato?


SF: La música no es un rol que enciendo y apago. Es una lente. Observo los ritmos de una ciudad como si fueran partituras. Escucho los silencios como estructuras. No dejo de ser músico. Solo dejo de estar expuesto.


GM: Has construido una trayectoria que comenzó cuando apenas eras un niño. Desde los cuatro años el piano forma parte de tu vida, y desde entonces el escenario, el estudio y el viaje han sido constantes. Si pudieras mirar a ese niño que a los cuatro años se acercó por primera vez al piano con la mirada de hoy, ¿qué le dirías?


SF: Le diría que no confunda nunca la velocidad con la dirección. A los cuatro años no estaba eligiendo una carrera. Estaba entrando en una dimensión. Y esa dimensión le pediría mucho: disciplina, soledad, rigor, exposición pública.Le diría que llegarán aplausos, viajes, reconocimientos. Pero que no son ellos el centro. El centro es aquella sensación inicial. Ese momento en que el sonido no era performance, sino descubrimiento.Le diría que habrá fases en las que sentirá el peso de las expectativas. Que ser precoz significa también ser observado antes de estar preparado. Y que deberá aprender a proteger la parte más frágil, la que no quiere demostrar nada, sino solo comprender.Le diría que no tema la complejidad. Que estudie con profundidad, que entre en la estructura de las cosas. Porque la verdadera libertad nace solo de la conciencia. Y la conciencia requiere tiempo, errores, escucha.Le diría que un día no será solo intérprete. Será también guía. Y entonces comprenderá que la música no es solo un lenguaje individual, sino una responsabilidad colectiva. Que formar a alguien significa devolver lo que has recibido, pero en una forma más lúcida.Le diría también esto: no intentes ser especial. Intenta ser auténtico. Si el sonido es verdadero, el mundo lo reconocerá.Y quizás lo más importante: no pierdas nunca la maravilla. La técnica crecerá. La carrera tomará forma. Las ambiciones cambiarán. Pero si permanece intacta aquella primera emoción frente al teclado, entonces todo lo demás tendrá sentido. Porque al final, lo que realmente significa es esto: no convertirte en alguien a través de la música. Convertirte más en ti mismo gracias a la música.


La presión te hace crecer, pero la visión te hace evolucionar - Salvatore Frega

Hay trayectorias que impresionan por los escenarios que atraviesan. Otras, por la coherencia con la que se sostienen en el tiempo.

En el caso de Salvatore Frega, lo que permanece no es solo la precocidad ni la proyección internacional, sino la claridad con la que entiende la música como pensamiento, como responsabilidad y como transmisión. Más allá del virtuosismo, emerge una visión: la de quien no concibe el sonido como exhibición, sino como estructura, conciencia y acto colectivo.

En esta conversación hemos recorrido el inicio instintivo, el movimiento constante, la exigencia del escenario y la profundidad silenciosa del viaje. Hemos hablado de disciplina, de liderazgo y de autenticidad. Pero, sobre todo, hemos hablado de identidad: de cómo la música no construye un personaje, sino que revela a la persona.

Agradecemos a Salvatore Frega la generosidad, el tiempo y la honestidad con la que ha compartido esta mirada. Porque cuando el talento se acompaña de reflexión, el diálogo trasciende la carrera y se convierte en aprendizaje compartido.

Y quizá esa sea la verdadera dirección: no la velocidad con la que se avanza, sino la conciencia con la que se camina.


In Other Words · Getaways Magazine

Comentarios


bottom of page